Siguiendo los pasos de colegas de la interpretación como Karin Schubert, Lili Carati o Marina Frajese, la alemana Sibylle Rauch decide franquear el umbral que separa lo simulado de lo real. Los motivos permanecen en un nebuloso enigma, ya que Miss Rauch no es pródiga en declaraciones. Unos genéricos comentarios “necesitaba estimular mi carrera, probar otras experiencias y experimentar nuevas sensaciones y emociones” es la parca hemeroteca disponible. Sibylle Rauch responde ajustadamente a los cánones de la belleza, no madura, pero tampoco juvenil, made in Germaney. Es compacta de carrocería, de muslos poderosos, alta (180 cm), de tetas pregnantes y notables (con la ayuda de la silicona, ¡naturalmente!), de culo rotundo, rematado por un rostro no especialmente memorable, del que destacan sus morritos calientes, amueblado por una inmensa cascada de pelo rubio. Es, en definitiva, el prototipo de tetona maciza, de físico rocoso. No es agreste, pero tampoco mullida. Que sigue haciendo mohines, que “va de estrella” (o se lo cree) -le encanta lucir todo tipo de lencería fina, estar bien vestida para follar- que la morbidez difícilmente va con ella (su morbo es extracinematográfico: se refiere al hecho una actriz vista en el cine de consumo cumpla el deseo oculto de todo espectador de contemplarla en “acción sexual”, algo que sólo el X refiere), es cierto -aunque evidente espectación produce la circunstancia de verla en asuntos de doble penetración: cfr. “Dirty woman 3”, con Robert Malone y T. T. Boy, bien jodida, regado con el postre de una eyaculación facial a la que tampoco era muy proclive- pero con su apertura mental, y de piernas, va progresando en su conversión en una señora interesante, de buen ver y maniobrar, y pornográficamente deseable, aproximándose al concepto de real hembra, ya que opulencia cárnica, arquitectura ósea y rubicundos bucles no le faltan.
Al menos folla con más garbo y donaire, mientras que en sus comienzos se contentaba (y desesperaba al personal mirón) con tocamientos lésbicos interminables y apocadas masturbaciones manuales (de las que es un pertinente y letal ejemplo “Try it with Sibylle”, un vídeo realizado a su mayor gloría ya su regusto por el cambio de vestuario). Mejor opción de conocimiento en profundidad de la imponente Sibylle es el vídeo “Im bett mit Sibylle”, donde hace todo lo que sabe, se derrite en brazos de Mike Horner y Robert Malone, y, atentos, se puede gozar de una de las últimas comparecencias de Te¬resa Orlowski, que siempre hace subir la adrenalina. Anotemos, también, “Deep inside Sibylle”, donde a falta de pollas se introduce todo tipo de utensilios en el coño y por vía recta (incluidas un juego de bolas japonesas), amén de beneficiar a ¡Sunny McKay! con el chorro cristalino de una copiosa meada.
Su ano es visitado con asiduidad (recréense en la enculada a cargo de Ives Baillat en la primera entrega) y los polvos convencionales no es menester resaltarlos. También admite la eyaculación facial, antes vedada: tras un coito con el negrete Sean Michaels, éste escupe su semen en la boca/rostro de Sibylle. En suma, que los fans de Sibylle Rauch están de enhorabuena con esta estupenda saga, puesto que ni una parcela de su cuerpo enjoyado, jotero queda libre de ser honrado (y taladrado). Toda una demostración de la capacidad educativa del hard core: De la Sibylle de sus comienzos en el X a la Sibylle de hogaño, el aprendizaje (la implicación) sexual es de órdago. Para los amantes de los datos empíricos, indicar que Sibylle Rauch nació en junio de 1960 en Munich. Ostenta un 95-65-93 de medidas totémicas. Mide 180 cm. Ofició como modelo. Caldeó las páginas de la edición alemana de Playboy. La música es su pasión; y canta razonablemente bien. Su grupo preferido es U-2. Canción: “Material Girl”, de Madonna. Es deportista: le encanta montar a caballo. Su ciudad: Munich (y después San Francisco). Ha trabajado asiduamente con el director Franz Mariscka. Ha rodado varios films comerciales (sección: comedietas más o menos eróticas y destapadas), la mayoría de los cuales permanecen inéditos en España. A mayor abundamiento: “Der Kurpfuscher”, “Loft”, “Ein Mann wie Eva”, “Alpha City” (con el actor americano Al Corley), “Das Wunder” (con Raimund Harmastof), “Hasengagd II”, “Eis am Stiel”, “Teil 8”, etc. Debido a su popularidad en Alemania, su actividad como (selectiva) hardeuse -no rueda mucho; unos diez títulos en su haber, aproximadamente- convulsionó el país. . . ¡Y disparó la venta de las cassettes! En España no es un mito, pero tras “Dirty woman” a buen seguro que se empezará a hablar de ella. Se lo merece. Como Karin Schubert en el hard core o la difunta Marisa Mell en el blandiporno revisterial, su “reconversión” profesional justifica un capítulo aparte Y supone una estimulante incorporación al paisaje audiovisual del X.